domingo, 14 de noviembre de 2010

Colaboración del Poeta andaluz Juan Cervera Sanchiz


   CANTOS TARASCOS

                 Por  Juan Cervera Sanchís



  El  centralismo, incluso en lo que se refiere a las
culturas prehispánicas y  especialmente a la poesía,
ha prestado gran atención a los poetas de lengua náhuatl,
mientras que ha marginado a otros de igual valor -en
cuanto a  contenido  intrínseco- en otras lenguas de
las que se hablaron y se hablan en la geografía de
lo que  hoy es  la República Mexicana.
Poco  sabemos  de los poetas y la poesía cora, chinateca,
lacandona, mazateca, mixe, seri, otomí, yaqui o tarasca.
 Asomémosno hoy aquí, someramente,  a los cantares
tarascos del siglo XIX y XX.
 La verdad  es que la poesía de los tarascos lo que pierde
en cuanto a  conocimiento de sus autores –ella es anónima-
lo  gana en belleza e intensidad.
 Es, en síntesis, la poesía  de todo un pueblo, de un pueblo
que  ve el mundo a su manera y, a su manera, a través
del canto, trata  de explicárselo.
 En realidad la poesía,  verbo esencial del ser humano, es
eso: un intento  de clarificar el mundo por  medio  de
la palabra y la  música unidas.
 Esto en sí parece  un juego, es un juego, pero  jugar es
en sí  una acción que  trata  de despejar en cierta
forma la incógnita  de  nuestra vida, porque la  vida
es  una incógnita  permanente desde el nacimiento a
la muerte.
Sólo los  necios  creen que  saben, los que poseen una
pizca  de inteligencia  son conscientes, como lo  era
Sócrates,  de que, en realidad,  lo que se dice saber, 
no saben nada.
Sí, no sabemos  nada, y los poetas  tarascos  lo sabían,
poética paradoja, por lo que en sus  canciones  jugaban
y  jugaban, porque jugar, quiera que  no, es  como
explicarnos lo inexplicable de  nuestras  propias  vidas.
 Así pues  los  mundos  giran y giran y eso es jugar. La
lluvia, el  fuego, el viento... son acciones del juego de
la  naturaleza, que es un gran juego.
 Cada  movimiento y cada pensamiento del ser humano
es  un juego, digamos que  una manera de dar respuesta
al juego de  las  interrogantes.
 La  poesía es una interrogación  y una respuesta, una
especie de  doble  juego,  como el llanto y la risa del
niño que  llora y ríe  al mismo tiempo.
Juegos del ser  humano,  mujer y hombre y hombre y
mujer. Juegos de la naturaleza  vivificadora y varia,
que juega con nosotros  inventando, creando y destruyendo,
formas, expresiones, adivinanzas.
 La poesía es una especie de adivinanza, vivir es tratar
de adivinar, pero ¿qué adivinamos? ¿Es qué hay algo
que adivinar? Puede que todo,  puede que nada.
 Los poetas tarascos, conscientes de ello, juegan y juegan
con las palabras, es decir  con los  sonidos:

“Shéparin, shéparin, shéparin, shéparin”.

Lo que es  igual  a: “cuidado, cuidado”. Pero, ¿cuidado
de  qué?
 Cuidado, sí, cuidado con las cosas  más frágiles que
suelen envolvernos, que  alcanzan a seducirnos. Dejemos
que  el canto  lo diga:

  “Cuidado, cuidado
    con la  flor de añil,
    no te envuelva
    y  quiera florear
    y  la  flor  blanca se va enojar,
    y la  flor amarilla se vaya a marchitar.”

 La flor  de añil:  “Sumao tzitzinqui hindu”. Sí, “con
la  flor de añil hay que tener mucho cuidado”.Cuidado
con el añil porque azul es  el cielo y, el cielo, tiene imán
de todo “lo  más allá”, de “todo  lo indescifrable”.
 El cielo seduce al pueblo tarasco y su poesía se hace
cielo y centro cerúleo.
 Ellos, los tarascos, tienen tiempo y espacio para detenerse
y mirar,  mientras  que  nosotros apenas si nos damos tiempo
para el parpadeo o el entrever.
 Sabe quien mira o, por lo menos, sospecha y adivina.
 Nosotros  estamos limitados por la  prisa y  la distracción
en nuestro confinado  espacio. Toda  una paradoja. Pequeños
departamentos distantes del cielo raso que los ojos del cantor
tarasco ven  y penetran.
 Ellos cantan nostálgicos  de la Cruz del Sur:

  “Mi  corazón recuerda  muchas  cosas
    viendo brillar  las cuatro  estrellas.
    Ellas  siempre saldrán, yo me estoy yendo.
    No  volveré  jamás, yo me estoy yendo.”

 Conscientes los tarascos de la  brevedad de la  vida
e instalados  en su reducto suponen, imagina eternidad
a las  también breves  estrellas. Ellas  al igual  que
nosotros se “están yendo”, y a una  insospechada  y
frenética  velocidad.
 Sí, sí, todo  se está  yendo. El  gran drama  de la Creación
se agita ante  nuestros  atónitos ojos de diminutos extras
mientras  transcurre  este trailer sin principio  ni fin.
 Y cabe  preguntarse: ¿Acaso  los extras son menos
importantes que  aquellos que protagonizan los roles
estelares?
 De  ninguna manera. El poeta lo sabe y sonríe en
mitad  del gran drama  que  es la Creación. Nada
es grande.  Nada  es pequeño. El canto  lo unifica
todo  y, con el canto,  el amor. Fuerza  unificadora
como no hay  otra.
 El cantor tarasco  descubre  a la  mujer y, con la mujer,
descubre  el dolor  y, con el dolor,  el consuelo del
poema:

    “Mujer  ingrata,  me abandonaste
      y  no sabes el  mal  que me  hiciste;
      sólo  Dios  y Nicaguarí
      saben lo que estoy sufriend, ¡ay, ay, ay!”

 El  Universo, nuestro Universo  y todos los Universos,
en  síntesis, no son  más que un ¡ay!, sólo  un ¡ay!,  un
¡ay!  que explicándolo  todo  no explica nada.
 Tal vez sea  infantil buscarle  una explicación a nuestra
Existencia. Tal vez. Mejor suspiremos, mejor cantemos
con los  tarascos  ebrios de ausencias  y presencias, de
de luces  y de sombras,  de  vida y de muerte:

    “Estás con Dios, flor de mi amor, toma mi corazón”.

Y: “Suspiro,  yo  suspiro, porque me acuerdo de ti.”

¿Será, seremos acaso un deseo de memoria  encarcelado
en el olvido?
 El poeta tarasco  conduce nuestra   mente a la más
alta duda,  lo mismo que la  matemática, aunque
parezca  todo lo contrario,  y  la  madre  filosofía,
porque  hay una lógica  de  la ilógica  y  la mujer
y el hombre  y  el hombre y la mujer, el ser humano,
frente  al espejo  encendido  de la  poesía, del canto
pues, lo vislumbra.
 Poetas tarascos, poetas  de ayer, de  hoy y de  mañana,
con  su humana  criatura acuestas bajo la cruz del verbo,
que todo lo interroga, sin posibilidad  clarificadora de
respuesta,  ante el  perpetuo  asombro del misterio,
hecho y deshecho en dramática  belleza, al pairo del
azar de la letra  y  del  número, que se deja llevar por el
hilo de la emoción, ese  hilo que una vez  que se rompe
resulta imposible volver a  anudar,  como la  vida  misma
que, una y otra vez, deriva en  muerte, al igual que toda
interrogante,  loado  sea, se desata en canto.